Cuando somos dominados por fantasmas

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Al despertar, pensé que estaba muerto, hasta que mi respiración me indicó lo contrario, que por lo menos alguno de mis sentidos funcionaba; que vivía. Aunque en verdad, tras meditar durante algunos segundos de esos interminables sentí que, tal vez, lo mejor sería si otra persona pudiera confirmar que mi corazón aún seguía latiendo; podría estar equivocado, ¿no?

-¡Maldito infierno! -grité al imaginar que todavía estaba, que era, que tenía alma encarcelada en un cuerpo físico.
El mundo, en general, siempre me había informado que se debían cumplir algunas normas de conducta para pertenecer a él con la armonía que la sociedad exigía, por ese motivo, por más que me doliera pensarlo, sabía que era necesario que diera el siguiente paso de la existencia: la muerte.

Aunque, ¿quién era yo para decidir cuándo morir? Alguien había resuelto que yo debía tener la vitalidad que tengo, ¿será que soy demasiado arrogante por pensar en quitarme la vida? Tal vez mi ego me golpea al indagar que no puedo controlar mi destino, o que por lo menos que no sé como hacerlo.

Soy consciente que debo aceptar que soy un humano y que tengo limitaciones en entender los movimientos del universo, pero duele, lástima, ver situaciones que me incomodan y que la ausencia de dominio me aterroriza, me envuelve, me hace su esclavo irreversible. No todos tenemos la libertad de escoger, y eso me hace pensar que no vivo, apenas existo.

Abrí mis ojos e intenté mover mis manos; no conseguí; estaban atadas a la cama. Cerré mis puños, y un nuevo intento de forzar mis miembros superiores me indicó que estaba débil, muy débil. Y así fue que al final lo recordé: había intentado suicidarme.

Supuse que alguien me habría encontrado recostado en el piso del baño con el paquete de pastillas en la mano, abierto y vacío.
-¡Qué falta de respeto a la vida! -esbocé ante mis desgraciadas memorias que recobraban sentido.
Llevar a cabo una acción que sea propia de nuestra voluntad, no resulta ser tan simple como parece; corremos el riesgo de ser juzgados, por más que no tuviéramos esa intimidad con el resto del mundo.

Por otro lado, lo que está en mi mente es secreto, pero yo no tengo poder sobre esto; me aterroriza, me atormenta. Ideas que desconozco su origen, que me obligan a ser impulsivo, dominan mi comportamiento como si yo mismo no pudiera escoger, como si eso que llega a mi cabeza con aleatoriedad dominase cada una de las partes de mi cuerpo, preciso liberarme de ello:
-¡Preciso morir! Mi esquizofrenia me domina -pienso en mis momentos de lucidez

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